viernes, 23 de marzo de 2012

Cuarto de Hotel


Desperté y la vi a mi lado. Estaba una vez más en la misma cama y no pude entender cómo llegué a eso. Tiene que haber algo más que el paso del tiempo, traté de autocomplacerme pero sin resultado alguno. La vejez y su enfermedad habían sido como unas cadenas de las cuales no había podido escapar. Ni siquiera me creía tan humano. Algo más tenía que haber. Aquella habitación cada vez se me hacía más pequeña, como si las paredes se me vinieran encima, como si no tuviera otra opción que abrazarla y hacerle creer que todo estaría bien. Me levanté y comencé a vestirme, ella aun estaba dormida y yo no quise mirarla. Algo extraño encontraba en el estado vegetativo de Susana cuando dormía. A decir verdad despierta también. Algo en ella me inquietaba. A su lado me sentía como un gato impaciente pero sumiso al fin. Me acomodé la camisa mientras miraba el edificio de enfrente. ¡Vaya vista! Qué sería de la vida de aquellos inquilinos. Apuesto a que ninguno de ellos es feliz, como podrían serlo si cada mañana lo único que pueden ver por la ventana es una pared de ladrillos. Cuántos empleados de oficina, amas de casa aburridas de su vida, padres de familia y estudiantes frustrados. Nada es lo que aparenta. La recepcionista siempre me saluda con una sonrisa, siempre. Imagino que su rostro se transforma una vez que cruzo la puerta, sin embargo, no me da el placer de comprobarlo. Como Susana. Me pregunto qué pensará cuando calla, esos largos silencios donde mira a la nada o peor aun me mira fijo, como si fuera un potus o un ficus. A veces se queda mirando el techo y no me atrevo a preguntarle nada, ni siquiera a mirarla, tan solo pensar que pudiera voltearse y pillarme me da nauseas, qué decir, qué decirle. No sirvo para esas cosas. Me doy asco. Miro el reloj y ya es la hora, me tengo que ir. Susana despierta pero no me mira. Me acerco y le doy un beso en la frente. Agarro mi abrigo y me voy.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Rivas

Whisky. Gena Rowlands
Pienso Cassavetes!

Indefectiblemente debía meterme en esa conversación.

Quién diría que en esa pequeña sala de espera estaría aquel actor de los años dorados del cine argentino.

Me llevo una pequeña lista de películas. Todas recomendadas. Y una gran sonrisa que volvería a mostrarme fotos de aquella época, algún que otro artículo de diario que demuestra que aún es un galán.

No quiero pensar que ya no estaré.

martes, 7 de septiembre de 2010

Clinica





lunes, 6 de septiembre de 2010

Carmen Aran

¿Ya se había atendido acá?
No.
Entonces hay otra Carmen Aran
No puede ser.
Sí, acá me figura. Pero no es Ud.
No puede ser.

Una firma acá por favor.

Toma la birome y se me queda mirando.

No lo puedo creer. Hay muy pocos Aran, muy pocos, y que se llame Carmen. No lo puedo creer.

Sentí que le estaba pasando exactamente lo mismo que a Silvia Pietro. Se lo dije. Ella seguía atónita. Le digo la edad, mayor que ella. Sigue pensando.

Porque mi hijo se llama igual que el cantante Jorge Rojas, pero bueno, ese nombre es más común. Pero que se llame como yo, Carmen, Aran, no lo puedo creer. Me dejas helada.

Atino a alejarme, pero la señora se queda ahí. Me mira.

Me gustaría llamarla.

Y sí, le doy el teléfono.

Aunque tal vez ya no viva.

martes, 15 de diciembre de 2009

Instantánea IX

Recuerdo que me tomaste de la mano, ese día, bajo la lluvia. No, no la soltaste y no me pude escapar. Tenías tu piloto y ese pañuelo que tanto me gusta. Soy fetichista ya te lo he dicho, tantas veces. El tiempo no pasaba, el cielo no aclaraba, todo permanecía en su lugar. El horizonte estaba ahí y tú no me quitabas los ojos de encima. Sonreías, yo te miraba. Cómo me gusta que me mires. Así, así siempre. Volvimos caminando y no quise que te fueras. Subí con vos, aferrándome a tu sonrisa, que no se iba, que no se va. El tren corría, y tenías ese gesto pícaro. Yo miraba a un costado conteniendo la risa. La película terminaba pero a mí nunca me gustaron los finales conclusivos. A tí, siempre te gustó lo clásico, sin embargo no soltaste mi mano. No, no lo hiciste.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Instantánea VIII

Está enfrente mío pero no me mira, mira el piso, aunque ahora sí, levanta la vista y sin embargo sigue sin mirarme, mira a la nada, a un punto al que no llego. Ya me dijiste varias veces que esto iba a pasar, lo sé, no me equivoqué, pero tenía la esperanza de que sucediera. Como siempre tenés la razón, te encanta tenerla, siempre fue así, desde que éramos chicos pero él no tiene la culpa, no, no la tiene y eso vos lo sabés. No entiendo, nunca entendí porque me metés a mí en el medio. Toma su libreta amarilla del bolsillo, saca la birome azul, la destapa y guarda el capuchón. La abre y escribe muy despacio, yo me pierdo pensando en qué escribe, pero no quiero preguntar. Antes de seguir me mira, ahora sí, a los ojos. Un instante que se prolonga, se suspende en el correr de los segundos, en ese letargo que se convirtió su vida desde aquella vez. Me pide un vaso de agua y yo se que vienen todas esas interrogaciones que a vos te fastidian, pero no hay caso, me vence la paciencia, no me puedo negar. Sé muy bien que vos seguirías de largo como hiciste también aquella vez. No te culpo ni te juzgo, en el fondo yo quise este lugar. Le traigo el agua y el saca su pastilla, esa que tiene que tomar a las 2.37, ni un minuto más ni un minuto menos porque sería la catástrofe. Pero llego a tiempo, miro el segundero y le doy el agua, él controla con su reloj de pulsera y con cierta satisfacción bebe el agua que empuja la medicación. Esboza una sonrisa que yo sé que no tiene nada que ver con eso, ni conmigo ni con vos. Se que nunca lo voy a saber, pero ya no me importa, me resigno como vos que lo hiciste hace años. Me devuelve el vaso, y termina de anotar en su libreta vaya uno a saber qué cosa. La cierra y la guarda, luego le coloca a la birome el capuchón que tenía en su bolsillo y también lo aparta. Me mira por última vez antes de irse, sin saber que yo estaría preguntandome por él una vez más. Creo que sí, que tenias razón, pero ya nada tiene sentido.

domingo, 30 de agosto de 2009

Claustrofobia

¡Sáquenmee! ¡Tengo claustrofobia! ¡No me quiero hacer este estudio! Sí señor, ya lo saco. No, no quiero hacermelo. Bueno, ahora vaya con su mujer que le piden turno en uno abierto. No, esa no es mi mujer. Es una que encontré por ahí, pero no es mi mujer. Mi mujer se murió hace unos años, ya nada es lo mismo sin ella. Bueno, vaya que ahora le piden otro turno. Venga por aquí señor. Pero, ¿cómo es el otro? Es más abierto, no va a tener problema. ¿Ud. se hizo este estudio? ¿Se metió ahí dentro? Sí, me lo hice. No es nada, te acostás, cerras los ojos y ya está. Es un ratito. ¿Cuánto? Media hora. Más o menos. Bueno, vos porque sos joven, linda y tenes toda una vida por delante, yo para qué me lo voy a hacer. Para vivir una vida mejor -dijo ella entre indignada y dolida. Contenía las lagrimas y ante la mirada fría y distante de él dió media vuelta y se fue. Él entonces me miró y dijo que ya no quería vivir. Yo temí que mis ojos no le devolvieran la esperanza que necesitaba y que descubriera allí el mismo temor, el mismo encierro.