Una ventana. Habrá entrado luz en otro entonces. Ahora una bruma envolvía el jardín. Los días grises se sucedían y era fácil perder la cuenta de las horas. El tiempo pasaba imperceptiblemente.
Allí encerrado no quería salir. Sentado en su sillón, siempre mirando la ventana. Los árboles entre los cuales habrá jugado en su infancia perdían ahora todo color, vitalidad. Todo parecía mortuorio y tal vez, como un paisaje romántico, no era más que un anticipo, mímesis, incluso metamorfosis de lo que realmente estaba sucediendo allí, en aquel cuarto.
Siempre hay un cuarto y siempre hay alguien en él que se obliga a permanecer. De eso se trata. Perdurar en el tiempo. Ser o existir. Cuatro paredes que delimitan una existencia. Una ventana que deja de prometer el más allá.
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