Un nuevo día empezaba, para bien o para mal, inevitablemente. Martín no iba al colegio, hace un año que ya no lo hacía. Desde temprano salía a vender productos de limpieza para juntar algo de plata. La mayoría de las veces no le iba muy bien, pero no le quedaba otra.
Esa mañana se encontró con Ana, su maestra de tercer grado. Ana, ella era buena aunque algo mentirosa también. Una vez que con José estábamos dándole a unas palomas, vino y nos retó. Yo le expliqué que no estábamos haciendo nada malo, que yo sólo quería tener una porque siempre me habían gustado los pájaros. Entonces me dijo que no le tirara más, que si me portaba bien ella me iba a regalar una. Mentira, me dijo eso para que me dejara de joder y listo. Pero quién sabe, en una de esas a fin de año me la regalaba. Ahora eso no lo voy a saber nunca porque a los dos meses no la vi más. Y ahí la tenía de nuevo al lado mío. Era buena la seño, un poco aburrida, como todas. Menos Silvia, ella sí que era divertida, salía con cada cosa.
Ella le preguntó en qué andaba, por qué no iba más al colegio, cómo estaba la familia. Pero Martín no hablaba mucho, más bien miraba hacia el piso, pateaba un par de piedritas, hacia dar vueltas la bolsa que llevaba en la mano, y contestaba con un “bien”, “igual que siempre”, “no sé”. Palabras que no decían nada y a la vez lo decían todo. Llegaron a la parada del colectivo y se despidieron, ella le dio un beso y le sonreía mientras lo veía irse. Él seguía mirando hacia abajo, caminando para la estación.
Esa mañana se encontró con Ana, su maestra de tercer grado. Ana, ella era buena aunque algo mentirosa también. Una vez que con José estábamos dándole a unas palomas, vino y nos retó. Yo le expliqué que no estábamos haciendo nada malo, que yo sólo quería tener una porque siempre me habían gustado los pájaros. Entonces me dijo que no le tirara más, que si me portaba bien ella me iba a regalar una. Mentira, me dijo eso para que me dejara de joder y listo. Pero quién sabe, en una de esas a fin de año me la regalaba. Ahora eso no lo voy a saber nunca porque a los dos meses no la vi más. Y ahí la tenía de nuevo al lado mío. Era buena la seño, un poco aburrida, como todas. Menos Silvia, ella sí que era divertida, salía con cada cosa.
Ella le preguntó en qué andaba, por qué no iba más al colegio, cómo estaba la familia. Pero Martín no hablaba mucho, más bien miraba hacia el piso, pateaba un par de piedritas, hacia dar vueltas la bolsa que llevaba en la mano, y contestaba con un “bien”, “igual que siempre”, “no sé”. Palabras que no decían nada y a la vez lo decían todo. Llegaron a la parada del colectivo y se despidieron, ella le dio un beso y le sonreía mientras lo veía irse. Él seguía mirando hacia abajo, caminando para la estación.
1 comentario:
Buen relato instantaneo como lo llamas ;)Espero que te vuelvas a inspirar, asi puedo seguir disfrutando de tus historias.. =)
Publicar un comentario