viernes, 9 de mayo de 2008

La muerte del General



José visita a Marcos, un amigo historiador que vive en Uruguay. Luego de un encuentro en Montevideo y después de una larga charla académica, Marcos lo invita a su casa para que termine de visualizar unas ideas, se trata nada menos que de la muerte del General Flores. En el despacho dos cuadros muestran el suceso, pero José se queda mirando el segundo, tan detenidamente como si realmente estuviera allí.

No se cómo estoy acá, en la calle Rincón, viendo esta escena como si estuviera ocurriendo ahora, en este preciso momento. ¿Acaso un hecho puede suceder dos veces en la historia? La razón indica que no pero aquí estoy, viviéndolo todo de nuevo. Veo el carruaje desvencijado por el coche con la carreta cargada de pasto y aquella puerta averiada que le costó la vida al General. Aunque tal vez, tan sólo se la hubiera alargado un par de horas, días quizás. El destino le pisaba los talones, como a tantos caudillos en esos tiempos. Allí está, muerto, tendido en el piso. La sangre corre y yo no puedo hacer nada para evitarlo. Es increíble, esto podría ser distinto pero no lo es. No sé porque me ponen en este lugar si no puedo cambiar nada. Ni siquiera sé si estoy a favor de lo que hizo el General, pero eso sí, nadie se merece la muerte. El Padre Souberville lo socorre, como a todo buen cristiano. Bendice ese cuerpo moribundo que está más cerca del reino que tanto admiran los creyentes. Reza, dice un par de oraciones en latín que no entiendo, pero imagino que están cargadas de compasión. El calor de febrero me agobia y la descomposición del cuerpo me provoca náuseas. La sangre sigue corriendo y no hago nada. En frente veo el comercio Correa con sus puertas cerradas. Nadie quiere involucrase. La calle está desierta. Momentos antes repleta de forajidos encapuchados, ahora no hay un alma. Si hubiera entrado al otro cuadro tal vez pudiera haber evitado la puñalada pero acá estoy. No sé si el Padre llora o qué, pero sigue ahí. La rueda del carruaje de repente deja de girar. Todo cada vez está más quieto. Ni una suave brisa viene a salvarnos. Como si eso alcanzara. Pienso en recoger la galera del General y devolvérsela. Disculpe General, se le cayó. No, suena ridículo, está muerto. Lo veo, con esa expresión de asombro, como si no creyera posible que la muerte también lo alcanzara a él. Ahora que levanto la vista, hasta el cielo es gris, como todo en esta escena. Como si la naturaleza supiera, como si fuera cómplice de todo lo que estos hombres tramaron. Las nubes se quedan quietas. Grises. Evitando el paso del sol, para que no toquen ese cuerpo sagrado. Un ex presidente. Un General. Un héroe y un traidor. Y el Padre que sigue allí a su lado. Creo que me parezco a él, porque yo también sigo acá. Y también comienzo a dudar de todos los hechos, de qué está bien y qué está mal. En otra calle seguro que Berro sufrirá lo mismo. Porque las aguas están divididas y siempre alguien creerá que esto fue una injusticia. Un crimen que hay que vengar. Siempre hay oportunidades para las venganzas y tal vez éste sea el precio de la mía. Estar acá ante algo irreversible, meditarlo, verlo todo una y otra vez, como si el tiempo no pasara. Qué se yo de historia uruguaya, si yo vivo cruzando el charco. Ni siquiera soy defensor de Rosas, y que los hay, los hay. Ni siquiera soy tan religioso como para ponerme a rezar de rodillas junto al Padre. Siento de nuevo la necesidad de ir a tomar esa galera, de recomponer el cuerpo, de limpiarle la sangre. De golpear las puertas del comercio para que me abran y me dejen depositar allí en un catre cualquiera el cadáver del ex presidente. De darle un entierro digno. Me ahogo, la angustia me aprisiona. El sol se abre paso entre las nubes, el calor. Las calles vacías. Nadie a quien acudir. Las puertas y las ventanas cerradas. Por favor, alguien que las abra. Alguien que salga a dar una mano. Yo no me puedo mover. Yo me quiero ir de acá. De una vez por todas, salir de este lugar. Bajar por la calle Ciudadela, hasta llegar al Cabildo y proclamar que lo han muerto. Que al General lo apuñalaron. Que Berro es el culpable y que se merece la muerte. Ojo por ojo. Veo por última vez ese cuerpo que pronto será envuelto por la bandera nacional. Veo la sangre que ya no corre. Y las casas que siguen indiferentes. Las nubes que se alejan y el sol que suave toca al General y pensar que está tan cerca la penumbra. Ahora sí, tomo la galera y se la acerco. Le doy una palmada en el hombro al Padre Souberville y me alejo para siempre, o al menos, eso espero.

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